Hola.
Soy Hellen.

Tengo 48 años y, si algo me ha enseñado la vida, es que el tiempo pasa mucho más deprisa de lo que imaginamos.
Quizá por eso decidí hace más de veinte años dedicar mi vida a conservar recuerdos.
Hellen Violet no nació hace ocho años.
Nació hace más de veinte, cuando mi cámara me acompañaba por la noche madrileña fotografiando algunos de los mejores eventos sociales y culturales de Madrid. Durante años retraté artistas, modelos, invitados y cientos de momentos irrepetibles, aprendiendo a contar historias a través de la luz, las personas y las emociones.
Al mismo tiempo comenzaron a llegar las primeras familias.
Primero acudía a sus domicilios, convirtiendo salones y habitaciones infantiles en pequeños estudios improvisados. Allí descubrí que mi verdadera pasión no era fotografiar eventos.
Era fotografiar personas.
Hace ocho años comprendí que había llegado el momento de dar un paso más.
Había decorados, ideas y experiencias que ya no podía ofrecer trabajando únicamente en los hogares de las familias.
Por eso decidí crear mi propio estudio, inicialmente pensado para realizar únicamente las sesiones de Navidad.
Pero ocurrió algo maravilloso.
Aquella primera campaña tuvo una acogida increíble. Las familias comenzaron a volver una y otra vez y pronto llegaron los recién nacidos, los embarazos, las sesiones familiares, los cumpleaños y las comuniones.
Sin darme cuenta, el estudio dejó de ser un lugar pensado solo para Navidad y terminó convirtiéndose en el espacio donde hoy sucede prácticamente toda mi fotografía.
Sin embargo, mi forma de trabajar nunca cambió.
Sigo creyendo exactamente en lo mismo que cuando empecé hace más de veinte años:
que una fotografía no vale por lo bonita que es.
Vale por todo lo que será capaz de hacerte sentir dentro de diez, veinte o treinta años.
Y también porque, aunque nadie quiera pensar en ello, el tiempo nunca se detiene.
Con los años cambian muchas cosas.
En ocasiones, personas que hoy están a nuestro lado dejan de estar.
Y mi mayor deseo es que ninguna familia tenga que mirar atrás y descubrir que le falta ese abrazo, esa sonrisa o ese instante compartido que nunca llegó a fotografiar.
Porque una fotografía no es solo una imagen.
Es memoria.
Es legado.
Es la forma más bonita de volver a abrazar un momento cuando la vida ya ha cambiado.
